Supongo que no era normal el mero hecho de que todo fuese bien, más que anormal, era imposible. Recuerdo como le miraba, recuero su sonrisa, sus ojos grandes color verde aceituna claros, mirándome mostrándome una sonrisa interior que solamente yo lograba comprender. La noche anterior, mientras todos habían estado bebiendo, nosotros habíamos intercambiado más que palabras, habíamos intercambiado miradas, caricias, abrazos, besos, sentimientos.
Pero como muy bien sabemos, la felicidad no dura eternamente.Y a pesar de todo, él era hombre y eso no podía cambiarlo. No me resultó extraño, si os digo la verdad. Nunca olvidaré como aquella chica bastante más delgada que yo, de cuerpo menudo y corta melena se acercó hacia mí, para indicarme que aquel no era mi lugar, refiriéndose a mí como " gorda amargada ". Me será difícil no recordar cada una de sus palabras.
"¿No ves que lo hizo por pena? Nadie te quiere, simplemente, eres horrible, no le interesas ni le interesarás nunca. Olvídate. "
Aunque, fue para mí, una sorpresa, él de defendió. "Vamos, déjala y vete a zorrear con otro."
Pensé que él era diferente.
Pensé mal. Él sólo era un imbécil más que quería pasarse de listo, pero no le guardo rencor, la verdad.
Supongo que allí empezó mi infierno personal. Rodeada de chicas bonitas, de delgadas piernas y pequeños cuerpos, rodeada de chicos fuertes, que sin ningún signo de arrepentimiento me llamaban nombres malos, una, otra y otra vez.
Pero al largo de los años, he aprendido varias cosas.
Nadie te quiere tal y como eres, eso es mentira. Sólo tu madre, tu padre y tus abuelos. Ni hermanos, ni tíos. Sólo ellos. No tienen la culpa, pero es así. Si te comportas mal con tu primo, ellos te querrán igual, pero tus tíos no.
Las cosas son así. Y cómo en las familias, también pasa con los amigos y parejas.
Cuándo salí de aquella laguna de tristeza, creí que era para no volver a caer. Me volví a equivocar. Salí de una, para meterme en otra, y así siempre. Por mucho que luches para salvar una relación, para mantenerla viva, por mucho que perdones, siempre queda una espinita clavada.
Tengo un amigo al que le gusta llorar, porque dice que así se siente mejor. A mí no me gusta llorar, me hace sentir débil. Pero cada persona siente las cosas de diferente manera, ¿no?
Yo misma me respondo, sí. De mi última relación, si se le puede llamar así, aprendí que por mucho que dos personas se quieran, a veces simplemente no están hechas para complementarse. De él aprendí muchas cosas. Siempre intentaba sacar el lado bueno de las cosas. Amaba hacerme rabiar con sus tonterías, porque decía que mi sonrisa le alegraba la existencia.
Él resultó ser el típico chico que te llama princesa, te da los buenos días y te trata como a una niña. Pero tenía más de una princesa, y yo, bueno, soy más de locos que te hacen vivir al límite.
Hace unos días, conocí a un grupo de personas muy interesante. Gallegos, asturianos, catalanes... Todos geniales. Me acogieron sin problema y ellos me han enseñado, que no todos los amigos son fake. Que no todo el mundo es malo, y que a veces no hace falta conocerse años para querer que otra persona esté bien. Con ellos puedo pasar horas hablando de tonterías, temas en común o acentos españoles y palabras que son más o menos finas.
El caso es que de éstos días he sacado algo en claro:
No todo lo negro es negro, ni todo lo blanco es blanco. Hay miles y miles de tonos grisáceos.